Al atardecer, antes de la partida inevitable del sol, y la Luna radiante que le presedia, la tradición cobraba vida. La explanada había sido llenada de historias, memorias, nostalgia, en compañía de la representación viva, de lo que es ser tradicionalista, lo que es tener presencia de la ausencia de los seres que se fueron, los que amamos y llevamos siempre en el corazón. Las prendas, las que usaba en vida, los objeto que los identificaban, las herramientas, la pasión por vivir, la comida típica que con alegría consumían, las fechas, el inicio y el fin. Todo presente y representado por las manos que buscan iluminar un portal que cumpla con las exigencias que en vida ellos enmarcaron. Ser parte de esta ceremonia, vivir de serca la alegría de recordar a ese ser querido, el cual un día llego y en otro se fue, es llenarse de emotiva fe, esperanza iluminante de que a salvo esta aquél que se nos fue, el que dejo costumbres, valores, dejo fuerza, inspiración, aquél que regalo ingenio y compartio la vida. Estas son las características esenciales que iluminan y dan vida a éste día, son los componetes que enmarcan año a año un nuevo recuerdo por cada uno que se fue en éste tiempo, en éste espacio, en presencia de Dios.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
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